AL SON DE SONSOLES

Mucho capitán por aquí, mucha capitana por allá, pero cuando se sobreviene un marrón de los gordos a última hora ¿a quién llamamos en el Sarmiento? El teléfono rojo del Bierzo lo maneja Sonsoles Ysart: lo mismo te consigue una legión de jóvenes voluntarios con bicicletas que cinco vendimiadores express, y todo ello mientras te trae medicinas de su farmacia y contacta con una galería de arte en Kuala Lumpur. Te mira y te dice «fácil», pero en el fondo sospechas que te está llamando «paquete».

Llevaba en Villafranca toda la vida, pero decidió quedarse cuando conoció la foto imposible y redonda de Robés. Ambos componen el retrato del cosmopolitismo villafranquino, ese que predica que no hay mejor forma de conocer el mundo y entender la condición humana que darse una vuelta por tu pueblo -lo universal es lo local sin barreras, dice Torga-. Porque al final, Villafranca no es muy distinto a Nueva York, y la fauna de una noche tonta en el Pitillo nada tiene que envidiar a la del mismísimo Studio 54.

Puedes pasarte la vida haciendo méritos que nunca serás de Villafranca. O puedes llegar como Sonsoles y decir, simplemente, este es mi pueblo y que te acepten. Saber la diferencia es un arte insondable. Ella, en cambio, te dirá que es «fácil»… Si la cosa se pone fea, llámala antes de que el cielo del Sarmiento se derrumbe sobre nuestras cabezas.

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