Emilio, Bea y Lucía

Ellos son Beatriz Sendin y Emilio García Navarro, arquitectos de una firma indisoluble, escuadra y cartabón estéticos del Evento Sarmiento. Sus intervenciones -en escenarios, iluminación, decorados- han sido claves en estos años para conformar la identidad de nuestro proyecto. Y unida a su compás, en una terna de iguales, se encuentra desde hace un tiempo Lucía de Retes.

Pero esas arquitecturas efímeras que tanto gustan a los asistentes no sólo son un ejercicio estético: Han trasladado en ellas sus inquietudes personales, hasta hacerlas también nuestras. Con ellos hemos aprendido sobre el sentido social de la arquitectura, y que hasta el último material de derribo, como el último hombre, guarda en su interior una belleza que pide ser rescatada para brillar de nuevo.

Para crear hay que aprender a mirar más lejos, porque requiere dibujar lo que aún no existe. O mejor: los mundos que uno sueña mejorar. En su caso, la verdadera creación nace en la cabeza, corre por el lápiz y se expande en los brazos que implementan lo pensado con su esfuerzo. La suya es una arquitectura total, una albañilería de la acción que tira con los recursos disponibles y cuya clave de bóveda descansa en un compromiso con todo el proceso, desde el bosquejo al último detalle final, haciendo buena esa aseveración de don quijote de que uno no es más que nadie si no hace más que nadie.

Ellos no necesitan hacer arquitectura por imposición a los paisajes, ni gigantismos como proyección de los egos. Pertenecen a una nueva generación de profesionales que cimientan el futuro en nuevas convicciones: Diseñan en susurro, de manera colectiva, conscientes de que la luz de una vela proyectada sobre un objeto genera una sombra más hermosa que la victoria de Samotracio. Una generación convencida de que el diseño más perfecto es la propia naturaleza, y que los sarmientos que se retuercen en las viñas son hermanos de los mismísimos esclavos de Miguel Ángel.

Con la nobleza de esos materiales construyen con nosotros el Sarmiento: Instalan hileras de luciérnagas por los senderos, palés que, apilados como una alubia mágica, te encaraman al cielo, mecanismos que agitan el viento para que te despidan los árboles.

Los comentarios están cerrados.