Películas

La película elegida por nuestro invitado y siete más, una película por cada pecado. El examen de conciencia ha sido exhaustivo y el acto de contrición colectivo ha dado esta selección. Obvias o complicadas, metafóricas o descarnadas, incluso irreverentes. El vicio está, otra cosa es asumirlo, pero lo único que os pedimos es que gocéis de su representación en pantalla.

 

EL BUSCAVIDAS (Robert Rossen, 1961)

 

Estamos, quizá, ante la mejor representación en la gran pantalla de la soberbia y su redención, del duelo entre triunfo y fracaso, de la suave línea entre la autodestrucción y la gloria. Las partidas de Eddie, el Rápido, contra el Gordo de Minnesota dicen más de la lucha contra sí mismo del personaje de Paul Newman que páginas y páginas de monólogos sesudos. Como dice a Sarah (maravillosa actuación de Piper Laurie): “Hay personas que desean perder, que siempre buscan una excusa para perder”.

Las salas de billar, la cafetería donde se encuentran Eddie y Sarah, los escasos exteriores, fueron iluminados por Eugene Shuftan -director de fotografía de otras obras maestras como “Metrópolis”-, que ganaría un Óscar en esta ocasión. Es la obra cumbre de su director, Robert Rossen, y una de las mejores actuaciones de Paul Newman, que se funde con su personaje. “Es como si el taco tuviera nervios; como si un trozo de madera escondiera nervios en su interior”.

 

LA STRADA (Federico Fellini, 1954)

[IRA]

El Óscar a la mejor película extranjera comenzó su andadura con muy buen pie premiando este asombroso poema. La película que a Fellini le costó tanto levantar, fue dando tumbos entre productores hasta recalar en los míticos Dino de Laurentis y Carlo Ponti (el marido de Sofía Loren). Querían a Burt Lancaster y Silvana Mangano, pero la insistencia del director logró que los papeles protagonistas, Zampanò y Gelsomina, recayeran en Anthony Quinn y Giulietta Massina, que están fabulosos. La sencillez de los personajes, la sequedad de los escenarios, la hondura con la que sus sencillas vidas, zarandeadas por taras y necesidades, se desenvuelve ante los ojos del espectador, son conmovedoras.

 

TRAINSPOTTING (Danny Boyle, 1996)

[Pereza]

 

En su segunda película, Danny Boyle decidió dirigir la adaptación al cine de la primera novela de Irvine Welsh, que se había publicado un par de años antes. La vida es aquello que no eligen un grupo de heroinómanos en el Edimburgo de finales de los 80.

Electrizante, magnética y acompañada de una banda sonora memorable y generacional, fue un éxito de público. Si la pereza es la voluntad de huir de la asunción de la responsabilidad sobre uno mismo y frente a la sociedad, Mark Renton -Ewan McGregor en sus comienzos- y sus amigos pecan a conciencia.

 

AMADEUS (Milos Forman, 1984)

[Envidia]

Dejando a un lado la rectilínea caligrafía de los historiadores, estamos ante la película que mejor retrata la envidia, encarnada en la figura de Salieri, magistralmente interpretado por F. Murray Abraham, frente a Mozart, igual de magistralmente interpretado por Tom Hulce.

En esta rotunda obra maestra, asistiremos desde la redención, al nacimiento de la envidia y de los efectos de su devastador poder, plasmado en la siguiente pregunta que se hace Salieri: “¿Por qué Dios habla por medio de la música de Mozart, y no a través de la mía? ¿Dónde está la justicia en el mundo?”.

La película, dirigida en 1984, por Milos Forman, el cual la rodó, en su mayor parte, en Checoslovaquia, en plena época Reagan, y bajo el férreo control de las autoridades comunistas, y toda una serie de anécdotas que darían, por sí mismas, para una película propia.

El hecho de rodarla en Praga le permitió a Forman reconstruir el estreno de la ópera Don Giovanni en el mismo lugar, el teatro de Praga, casi doscientos años después, reproduciendo las mismas condiciones de luz e iluminación, en una secuencia maravillosa, que seguro brillará con luz propia, de Teatro a Teatro.

La película ganó 8 Óscar, fue un éxito de taquilla en Estados Unidos, y está considerada dentro de las 100 películas estadounidenses más influyentes de la Historia del Cine, en una lista elaborada por el American Film Institute.

 

SOPA DE GANSO (Leo McCarey, 1933)

[Soberbia]

Salvo por los títulos de crédito, nadie puede saber por qué esta película, una sátira disparatada del poder y de la guerra, tiene ese título. “Ducksoup” en inglés callejero de la época, era algo fácil de hacer. ¿Fue fácil rodarla? No. La obra maestra de los Hermanos Marx tenía un obstáculo muy serio, el carácter anárquico de los hermanos, que ahuyentaba a otros miembros del equipo. La película, generosamente producida por la Paramount, fue dirigida, a su pesar, por Leo Mc Carey. Puede que sea su mejor película con Tú y Yo. Pero quienes se apoderan de la pantalla son Groucho, Harpo y Chico. Dicen que Mussolini prohibió la película en Italia, al creerse él mismo objeto de la sátira. No lo era, pero cuando los Hermanos Marx se enteraron de esto, descorcharon en éxtasis una botella de champán. Otra cosa rara: el productor de esta película, Herman Mankiewcz, es el guionista de Ciudadano Kane.

 

SEXO, MENTIRAS Y CINTAS DE VÍDEO (Steven Soderbergh, 1989)

[Lujuria]

El debut de Steven Soderbergh fue con un instrumento frágil y cargado de deseo, como sus protagonistas. Escrito en una semana, el guion cuenta las relaciones entre un marido infiel, su mujer, la hermana de ésta y amante de aquél, y un amigo de la juventud del primero que llegará a la ciudad cargado de una cámara, cintas y sexualidad.

El exceso y el defecto de apetito carnal es el motivo central de los personajes. La lujuria y su opuesto, mezclándose y buscando un equilibrio. Destaca un James Spader delicado y sensual, con el toque de oscuridad que le caracteriza, y que le sirvió para ganar el Premio al Mejor Actor en Cannes.

Rodada con un presupuesto menor y en algo más de un mes en la ciudad de Baton Rouge, la película logró la Palma a la mejor película, también en Cannes, el Premio del Público en Sundance, y una nominación al Mejor Guion Original en los Óscar. Se dice que, tras ella, el cine independiente norteamericano no volvió a ser el mismo.

 

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS (Jonathan Demme, 1991)

[Gula]

Cuando la veamos en Cinefranca, unas semanas antes habrá aparecido el nombre de Jonathan Demme en el “In memoriam” de los Óscar. Y es que el director de esta película forma parte de la lista de grandes artistas del cine que nos dejaron el nefasto año pasado. He aquí nuestro pequeño homenaje.

No era la primera vez que se llevaba al cine a Hannibal Lecter, pero la caracterización de Sir Anthony Hopkins, sacada de sus recuerdos sobre el miedo que le daba visitar al dentista de pequeño, ha pasado a la inmortalidad de los espectadores.

Su éxito fue rotundo, tanto en taquilla, como en los Óscar de su año, siendo la tercera película en la Historia en obtener los cinco premios gordos: Película, Director, Actor, Actriz (para Jodie Foster) y Guión Adaptado.

Esta película cambió el paradigma de los thrillers, en los albores de la década de los 90, y de la manera de contar las películas sobre asesinos en serie.

Cuando uno piensa en el pecado de la gula, es difícil no reconocerlo en la figura de Lecter: deleitándose con el hígado de un molesto funcionario de censos, acompañado de habitas, y de un buen Chianti.

 

AVARICIA (Erich Von Stroheim, 1925)

[Avaricia]

El desmesurado Erich Von Stroheim le dio a esta película nueve horas de duración en su primer montaje. Louis B. Mayer, por medio de Irving Thalberg, la dejó en dos horas muy entretenidas versión comercial que, según la leyenda Stroheim se negó a ver hasta el final de sus días. La historia de McTeague, su matrimonio, la lotería y la trágica pasión por el oro. Una vistosa producción de Cedric Gibbons, para una bestia protagonista, el actor Gibson Gowland (nacido en 1877, ahí es nada), un buen guión y el meticuloso talento visual y narrativo del director (“personally directed by Erich Von Stroheim”, dicen los títulos de crédito). Nuestro querido Ricardo Casas la musicará (en la versión corta).