Películas

Parafraseando a Tolstoi, todas las historias de amor felices se parecen, pero todas las infelices lo son cada una a su manera. Hemos huido del “chico conoce chica” habitual, hay que reconocerlo. Y hasta en las historias afortunadas hemos buscado las que se salen de los cauces o roles más habituales. En el amor los lugares comunes no son lo más recomendable, y es que en el universo de la pareja los matices pueden convertirse en el eje central.

De la pasión desbocada a la risa inocente, o a la pura tristeza. Amantes libres, egoístas, apocados, alegres, cínicos y desdichados se pasearán por la pantalla. Esperamos que disfrutéis con todos ellos.

EL CIELO ABIERTO (Miguel Albaladejo, 2001)

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Una fresca comedia con la que el cine español abrió el milenio. Es la cuarta colaboración y, a nuestros ojos, la más lograda, entre Miguel Albaladejo y Elvira Lindo, quien tiene un breve papel en el reparto. Ambos firman un sólido guion de comedia, realizado con ritmo e interpretado con garbo. Tras un comienzo brillante y rotundo que pone al espectador del lado del desventurado protagonista, encarnado por Sergi López, la película cuenta una hermosa y auténtica historia de amor desclasado; la que el personaje de López, psiquiatra, vive con el de la soberbia Mariola Fuentes, peluquera. Es uno de esos amores que cambian el orden del mundo en los personajes y, al menos por unas horas, también en los espectadores.

LOS AMANTES DE PONT NEUF (Léos Carax, 1991)

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Léos Carax, el enfant terrible del cine francés, rodó su tercera película con su pareja en ese momento, Juliette Binoche, como protagonista. Las dificultades que puso la administración parisina para el rodaje en el propio Pont Neuf, hizo que la producción se disparara hasta convertirse, según se sigue diciendo, en la película más cara de la historia del cine francés.

En 1989, en el bicentenario de la Revolución Francesa, dos clochards se enamoran en el puente más antiguo de Paris, cerrado por obras. Una pintora que se está quedando ciega y un lanzallamas cojo hacen del Pont Neuf su refugio. El resumen del argumento no miente. Hay suciedad y belleza, paroxismo y fuegos artificiales. Realismo poético que no puede dejar indiferente.

Pocas veces él binomio amor y París será retratado de una manera tan pasional.

LA FIERA DE MI NIÑA (Howard Hawks, 1938)

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Nunca la búsqueda de una clavícula intercostal hizo soltar tantas carcajadas. Katherine Hepburn y Cary Grant en esta comedia de Howard Hawks forman la pareja de autos, un paleontólogo y una joven de alta sociedad. Uno de los mejores ejemplos de screwball comedy, ese maravilloso género que nos dejó el cine de los años 30.

Katherine Hepburn es Susan Vance, una mujer que toma el mando y decide en la relación amorosa, frente al hombre apocado y dubitativo que se personifica en un Cary Grant con gestos de Harold Lloyd. La aparición de un leopardo y un brontosaurio no es caprichosa. Y la risa fluye, inevitable.

Es uno de esos casos en los que no se entiende que fuera un fracaso en taquilla. Los años le han dado el esplendor que merece, y sigue siendo moderna, fresca, rapidísima, y desternillante. El amor es, además -y qué bien que así sea-, divertidísimo.

ALTA FIDELIDAD (Stephen Frears, 2000)

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Adaptación cinematográfica de la célebre novela de Nick Hornby, por parte del talentoso director Stephen Frears (Las amistades peligrosas, The queen, Ábrete de orejas, etc), con protagonismo para John Cusack, fenomenalmente escoltado por Todd Louiso y Jack Black. De la mano de Cusack nos embarcaremos en una búsqueda, la de las fatales razones que llevan a una persona a plantearse por qué es un fracasado en las cuitas del amor, todo a ritmo de una deslumbrante banda sonora, ya que en esta película es inescindible la música de la trama.

Película al filo del siglo pasado que guarda un agradable recuerdo en la retina de todos los que la vimos y los que entonces y aún hoy, se sientan reflejados en su espejo. Calificarla de generacional quizá sea, cuanto menos, provocativo, pero es la propuesta más moderna de éste, nuestro particular viaje por las relaciones amorosas en el cine. Perfectamente indicada para tarde después de botillo.

Probablemente la película de toda la historia de Cinefranca que mejor expresa la dicotomía de amores entre artes semejantes y separadas, como son la música y el cine, que profesamos el núcleo irradiador de este evento.

TE QUERRÉ SIEMPRE (Roberto Rossellini, 1954)

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La estrella de Hollywood Ingrid Bergman, en 1948 decide enviarle una carta al director italiano Roberto Rossellini, proponiéndole trabajar con él, en la que decía “Soy una actriz sueca, que sabe hablar inglés, se ha olvidado su alemán, se la entiende mal en francés y en italiano sólo sabe decir ti amo”. Su romance comienza con la primera película en la que trabajan juntos, Stromboli, y dura, escándalo monumental incluido, hasta 1957. De ese romance son fruto tres hijos, entre ellos, la insigne Isabella Rossellini, y seis películas. En 1954 se ruedan las tres últimas películas: La paura, Juana de Arco en la hoguera y Te querré siempre. Todas ellas, tremendos fracasos comerciales.

Sin lugar a dudas, Te querré siempre es la mejor de todas. Con ella, según gurús del cine, se inicia la modernidad en el cine. A ningún cinéfilo se le puede escapar que la Nouvelle Vague hizo botellón con esta película. Pero quizá el inicio más evidente que plantea esta película es el del final de la relación entre la actriz y el director. Es imposible obviar la enorme carga autobiográfica con la que está dotada la película cuando uno se sienta ante ella.

La mezcla de realidad y ficción en la interpretación desolada de Ingrid Bergman, atónita y perdida, que nos hace preguntarnos dónde empieza la interpretación y dónde acaba el documental. En mitad del jolgorio, George Sanders, uno de los gamberros más simpáticos del Hollywood clásico, y la extraordinaria belleza de Nápoles y Pompeya, con especial referencia a esa pareja de enamorados que sucumbió al polvo del Vesubio.

No puede haber título que dé más sentido al verso de Quevedo: “polvo serán, mas polvo enamorado”.

CARTA DE UNA DESCONOCIDA (Max Ophuls, 1948)

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Desde un punto de vista literario, esta maravillosa película del cineasta alemán Max Ophuls, es, sin reparos, la sublime puesta en escena de una de las mejores novelas de Stefan Zweig.

Un pianista recibe la carta de una desconocida mujer que le cuenta que ha estado enamorada de él toda su vida. Y, para relatarlo, Ophuls hace danzar a la cámara. En los planos secuencia parece que alguien nos tomara la mano y nos sacara a bailar un vals en esa Viena decadente. Un prodigio de la técnica al servicio de la emoción de lo narrado. Jean Fontaine y Louis Jourdan no pueden estar mejor en sus papeles de enamorada y personificación del amado. El sufrimiento del amante anhelante difícilmente podrá volver a ser plasmado de una manera tan elegante.

BRAZIL (Terry Gilliam, 1985)

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La obra maestra del irregular y genial Terry Gilliam, recién salido por entonces de los Monty Python. La exuberante imaginación de Gilliam fue generosamente regada por una producción fastuosa, que con lujo de decorados, maquillaje y efectos recrea la muy sombría e implacable distopía burocrática, con la que Gilliam satiriza de forma brutal el poder de la obediencia. La clave del éxito está en un guion muy bien armado, al que la contribución de Tom Stoppard dota de un orden narrativo riguroso que contiene los excesos erráticos de otros largometrajes.

El amor espontáneo de un hombre gris, Sam Lowry -con el que el actor británico Jonathan Pryce firmó su mejor trabajo-, por una activista antisistema desafía el mundo orwelliano en el que vive.

SIETE OCASIONES (Buster Keaton, 1925)

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Pese a la idea argumental afortunada -la de un hombre que debe casarse en un solo día para acceder a una cuantiosa herencia- Buster Keaton mostró cierta reticencia a llevarla a la pantalla. La película se mueve in crescendo y contiene un selecto catálogo de cobras.

Pero donde adquiere su grandeza es en su parte final, en la que está su secuencia más célebre: una larga y enloquecida persecución en la que cientos de novias enfurecidas intentan dar caza, con muy aviesas intenciones, al heredero. En este metraje memorable, Buster Keaton da rienda suelta a su ingenio visual, sus virtudes atléticas, sus hallazgos de producción y su gracia puramente física.

Buster Keaton es un cómico muy serio y evita los mensajes, las moralinas. El amor es, aquí, un pretexto más para la risa.